María Belén recuerda su vestido negro ajustado, el maquillaje preciso, el peinado batido y las horas frente al espejo, y yo desearía que dejara de hablar porque imagino cómo termina la historia. María Belén describe el puñado de gente frente al boliche, su destreza para hacerse paso, la ilusión por la cita que planeaba adentro, y hace un silencio antes de que la voz ceda al llanto. María Belén no va a detallar el aspecto del patovica, el gesto soberbio, la manera desafiante de alzar el mentón, las farsas previamente ensayadas y repetidas como autómatas ("se entra sólo con invitación", "es una fiesta privada", "a vos no te conozco, al resto sí"); pero puede leerse todo eso en sus lágrimas, en su vergüenza. Aprovecho la pausa para imaginar las pretensiones de esos guardianes de la vanidad: de los que seleccionan en las puertas y de los que les dan las órdenes. ¿Qué saben ellos de la humillación de las María Belén que vuelven a sus casas a insultar el espejo? ¿Del camino del vestido que se compra pensando en impresionar a alguien y se cuelga apenas estrenado en algún respaldar? ¿Qué poder los inviste en especie de dioses con licencia para descartar? ¿Quién reivindica a los excluidos y los sana del desdén? ¿Qué se entiende por darle nivel a un lugar y qué manos lo resguardan? ¿Quién custodia a los custodios? María Belén me baja del limbo de esas preguntas con una mucho más amarga: "¿crees que soy fea?". Le digo que no, que es la más linda de mis amigas, y le enjugo las lágrimas.